lunes, 18 de enero de 2010

Crónicas sobre ruedas

Por Erik Monterrosas

Miércoles 9:30 pm. Ángel de la Independencia. Manos conocidas se estrechan, mar de lucecitas intermitentes, los ajustes de último minuto, desarmadores, cinta. Nuestras aceitadas estrellas reposan postradas ante el Ángel. Los nuevos observamos inquietos, una especie de logia en crecimiento acecha. La voz grave reclama “¿Quién viene por primera vez?”. Las indicaciones son parcas y a la vez contundentes. Empieza la pugna por la ruta. Una democracia a obscuras, como otras, donde los gritos cuentan más que los votos. “Sur”, las manos se levantan. “Oriente”, parece que esta no será tu noche, “Norte” claman los puños, algunos perfectamente cubiertos por guantes.

El recorrido comienza puntual, nadie sabe con exactitud a dónde vamos. A donde sea, manubrios, pedales. Un auto con torreta y bocina pretende escoltarnos, pero el guía lo pierde hábilmente a pocas cuadras, deja que se adelante, vuelta intempestiva en una cuadra escondida, nos vemos. En realidad quien ande sobre más de dos ruedas será inexorablemente descartado. El paso es constante, la palabra de boca en boca, como los engranes de las cadenas, el torque de las revoluciones. “zanja-zanja-zanja-zanja-t
ope-tope-tope-tope”. Pasa fugaz la indicación, más de una ponchada es evitada. La gente mira de frente, la confianza de poseer la ciudad indomable, los pasadizos inextricables. El Centro profundo hace aparición, un escuincle grita “chingue su madre quien ande en bici”, una sola mentada para docenas de culeros. A estas alturas de la noche. ¿Quién osa penetrar mi barrio bravo?

Regresamos a los amplios ejes, salvo por una vena secundaria, prácticamente los cerramos. Proclamamos con furia y denuedo, esta noche la ciudad es nuestra. Esta es la venganza. Un automovilista, una bestia nos revienta, o al menos lo intenta. Avanza el carro, unos centímetros que son ultraje cuando son dirigidos hacia uno de nosotros. Creen que el poder y la armadura los han hecho invencibles. Aflora el rencor sublimado contra cada puerta, cada claxon y embestida de los toros de cuatro ruedas. La jauría de bípedos rodea la lámina que alguna vez fue inexpugnable. Algunos no ocultamos nuestras cicatrices. Insultos, sangre caliente, un minuto que se prolonga tenso, los excluidos de día proclaman su nocturna potestad absoluta de las calles. Un tipo mínimo sujeta frustrado su volante, tiene mil revoluciones por minuto, mas es lata inerte. El negligente queda rezagado, presiento que aún no comprende lo que está pasando, se queda inmóvil mientras lo rebasamos raudos.

Nos adentramos por las colonias de oídas, aquellas que nunca antes pisamos. Observamos con el fervor del que descubre, las fábricas, talleres, iglesias, las canchas y tiendas, las cosas más comunes y nimias con ojos imaginativos. A la luz mortecina que las ilumina, parecen espacios novedosos. Lo son, como sólo lo pueden ser los lugares que cargan su propia historia y la develan súbitamente ante el forastero. Los oriundos miran con desconfianza pero sin miedo. En mi ciudad aprendimos a crecer en guetos, no por propia voluntad o fatua reticencia. Este hermoso monstruo es un continuum de abismos; de distancia física y de realidades.

Hace eco la advertencia, alguna señal de que nos adentramos en territorio extraño, los barrios celosos tienen sus propias trampas. Vidrios, clavos, baches, sólo algunas formas de hostilidad mal disimulada. La hermandad hace acto de presencia, si se rezaga uno, paran todos, nadie se retira hasta que puedan zurcir esta cámara. De inmediato sale la parafernalia de reparación, y cómo no, la carrilla que ataca la destreza. Labios sensibles para detectar un leve soplo de aire, lima, saliva y parche. Esperemos que esto baste. Reanudamos la marcha, se vislumbra la Basílica, sus fantasmas peregrinos. Es un poco tarde, la tripa y el estrago exigen una recompensa. Las taquerías, amantes del monstruo, desperdigadas e infinitas en su inconmensurable territorio. Reímos, comemos, discutimos, observamos con envidia los cuadros de fibra de carbono y admiramos. Tomamos a bocajarro, el regreso nos espera.

Entrada la madrugada, los dedos gélidos y el pedal a fondo. Las bicicletas destellan, exhaustas y felices se van desviando por sus senderos, aquellos que llevan a casa. Gritos de despedida, nadie se da la mano.

lunes, 20 de agosto de 2007

Transición o descomposición

La realidad de hoy en día es tan confusa que dificilmente vislumbramos realmente si la humanidad se encuentra en una etapa de transición o descomposción. En especial en paises con altos índices de desigualdad y precarios sistemas democráticos. Por un lado vemos cumplidas las exigencias de varios sectores de tener un régimen político más abierto y plurar mientras que el tejido social se descompone por las extrémas diferencias entre ricos y pobres.
Vivimos en un mundo con varios mundos que no conviven sino que sobreviven. ¿Cómo poder sentirnos parte de una comunidad cuando algunos vuelan por los aires en helicópteros acondicionados mientras que otros transitan en atestados trenes por el subsuelo?
Nos deberíamos dar cuenta que viajamos todos en la misma nave espacial que es la tierra y que no hay pilotos sino pasajeros.
¿Será la condición egosita del ser humano un lastre para nuestra evolución y nuestra sobrevivencia como especie?
¿Será que no somos capaces de encontrar en otro ser vivo la escencia misma de nuestra existencia?
Son sólo algunas preguntas para reflexionar...

Disiente - Di y siente

De la infinidad de foros para expresarse libremente he aquí uno más. La intención de este blog es crear un espacio de debate y confrontación de ideas diversas y afines en temas relacionados con política, sociedad y cultura. El enfoque de este blog es crear conciencia sobre el papel de nuestra existencia en el mundo de una manera creativa y diferente.
Asi que si estás interesado en disentir sólo dílo y siéntelo...